"Seré un genio, y el mundo me admirará. Quizá seré despreciado e incomprendido, pero seré un genio, un gran genio, porque estoy seguro de ello".
Salvador Dalí

jueves, 9 de diciembre de 2010

Rosas

Recuerdo días de gracia.

Cuando miraba adelante y sólo veía luces. Rayos de luz en un jardín florido, de exuberancia tropical. Bendita ignorancia. Según me acercaba a aquel jardín, el camino se hacía más angosto. Muy empinado y pedregoso. La niebla empezó a envolverme. No veía ni a mis lobos huargos, ni al brujo ni a la tortuga. Fui tropezando, dando vueltas hasta perder el norte, y llegue a adentrarme en senderos de los que otros no se atreven ni a hablar. Los espejismos me engañaban, me hacían dar vueltas.

Hasta hace nada.

No sé porqué me ha dado por escribir de esto. He empezado a pensar en rosas azules. Y ése aroma, ése aroma... lo he seguido y he visto luces, destellos verdes... ¿Será una señal? He vuelto a ver lobos. Aúllan. ¿Me llevarán al jardín?

Díos mío, quiero volver a soñar con las rosas azules. ¿Porqué ahora vuelvo a vislumbrar a lo lejos el Sueño de Primavera? ¿De dónde ha venido ahora esa fuerza? ¿Porqué vuelvo a ver ahora lobos grises, que intentan llevarme hacia el Blanco? Veo a Gran A'Tuin en el cielo, veo neutrales, veo leones y cuervos, halcones...

¡Yo ví la regla fácil del vicario escondida en la espada del lobo!

Ésta es la interpretación de un loco. Huelo un jardín de rosas azules, de exuberancia tropical, y aquella rosa negra se marchita, y allá dónde la voz de la razón guía al corazón con tridente morado me dirijo yo. Será que puedo olvidar ese Muro de orgullo y dejar que siga el ciclo. Será que el camino pedregoso ahora se llama ruta.

Será que ya soy Scout.
Yo, Luismi, Prometo por mi honor, hacer cuanto de mí dependa para...

¡Buena caza!

jueves, 3 de junio de 2010

Romance Dawn

-¿Y cómo fue que acabaste aquí?

Resonaron algunos eslabones de forma estruendosa cuando el gigante sacudió el árbol arrancado sobre su cabeza para que cayeran varias piezas de fruta directamente a su gaznate.

-Me capturaron.
-¿Simplemente?
-Es lo único que importa. Los detalles... no interesan.
-Pero tengo entendido que los gigantes lucháis con feroz bravura cuando os veis en peligro. Nunca había visto...
-Los tuyos también lucharon con feroz bravura. Y los que no están aquí encadenados como yo están muertos, por eso ni tú ni nadie los ha visto más.
-Entiendo... ¿Me matarás si te suelto?
-¿Porqué ibas a liberarme, pequeño viajero? ¿No sería un crimen contra tu patria, tu raza y tu mundo?
-Amigo... tal guerra terminó hace eones. Ya solo los libros recuerdan ese trágico hecho...

El gigante le miró fijamente duramente unos instantes que parecieron una eternidad, y Godofredo no apartó la mano del mango de la espada, por si el gigante decidía aplastarlo con una de sus manazas, pues, a pesar de estas encadenado, el radio de acción que las cadenas le permitían era francamente amplio.

Pero el gigante cerró los ojos, suspiró, y dijo en un tono muy distinto a la tormenta con que había avasallado a Godofredo unos instantes atrás, más bien un viento cálido en pleno solsticio de verano:

-Gracias.

Godofredo suspiró aliviado, y agradeció a los dioses permitirle llevar a cabo una buena obra sin demasiadas posibilidades de perder un brazo por el camino como tantos otros mártires de los libros sagrados. Ahora sí, agarró con fuerza el mango de su mandoble, y con un soberbio tajo, cercenó la cadena del brazo derecho del coloso.

Al minuto, todas las ataduras del gigante habían quedado obsoletas, y el gigante levantó los enormes brazos como troncos y...

Rugió al cielo.

¿Cómo debía de sonar el suspiro de un dios? El límite del entendimiento de Godofredo, que ya era de por sí lejano, pero al toparse con él frente a tal interrogante, tomó el atajo más utilizado desde hace siglos por la mente humana para entender o resolver galimatías.

Lo imaginó como aquel trueno sonoro. Toda la ira del mundo concentrada en un solo alarido, prolongado, que encogió el corazón de Godofredo como no lo habían hecho ni las bestias del Tártaro, escapaba de aquel corazón, liberando no solo los miembros del gigante, sino también, por lo que veía, su alma.

El rugido por fin cesó. Y Godofredo habló el primero:

-Veo que que te has quitado algo más que un peso de encima. Pero antes de emprender tu viaje creo que será conveniente que te explique el nuevo orden del mundo y el resultado de aquella contiend...
-No
-¿No... deseas conocer el resultado de aquella guerra? ¿Tu guerra?
-Mi guerra no... Ya no. Luché con fiereza y bravura, a sangre y fuego durante años para alzar a mi raza, para terminar después de muchas batallas, derrotado y humillado en éste rincón del mundo... Lo hecho, hecho está. No tengo interés en sentir rabia o éxtasis por el resultado. Luché... como debí. Como supe. Como quise. Y no me importan ya las consecuencias de mis actos si no puedo remediarlas.
-Sabio discurso... ¿Y cual es tu destino, gran compadre, ahora que te has librado de tus cadenas?

El coloso se carne y hueso bajó sus gigantescos párpados. Parecía como si meditara. Y después de unos pocos segundos, sus ojos grises se abrieron con fuerza, húmedos y llorosos, con el reflejo del sol del amanecer sobre ellos.

-Vivir


P.D.: ¡Adiós selectivo! ¡Hasta nunca bachiller! ¡Hasta siempre fuerza electromotriz inducida, grado de disociación, ADN polimerasas I, II, y III, ciclo de Krebs, sintaxis, fonética, reading comprehension, integrales con arcotangentes del número e elevado a 3x! El camino valió la pena. No me asusta ya lo que ocurra el día 19. Sé que he trabajado, he dado todo lo que pude, y esa satisfacción es todo el premio que necesito. Pero bueno, si me hacen enfermero, tampoco me quejo.
¡¡Gracias Italia!! =)

P.D.2: Yo seré el Rey de los Piratas

martes, 9 de febrero de 2010

Dama de plata

Noche cerrada.

El viento aúlla suave y afilado entre las torres. La piedra gris cruje, une su gruñido a la particular canción de la noche. Un gato pardo con la cola mestiza, entre el carbón y la cebada, atiende a la llamada, y maúlla, aguardando. Es secundado por un parpadeo ciego en la cima de la más alta aguja gris que se recorta entre las nubes. Por fin la luna asoma. Ha terminado la canción, y el gato recula con paso elegante entre los tejados, adonde le lleve el viento.

La cima de la más alta torre se despide de él con un nuevo destello, esta vez más brillante por los blancos rayos del blanco astro. El filo de la alabarda parece poder cortar soberbia de un rey, y su punta de lanza de atravesar el corazón de un coloso. La apoya entre dos almenas y abre su macuto. Pan rancio y queso. El banquete del vigía. No le han dado ni una bota con agua para que pase, pero él reserva siempre una botella de vino de los bajos ríos, entre los fardos, para las noches como aquella.

Las estrellas. Mil ojos vigilan al vigía bajo la guarda de la luna más grande y brillante que pueda ver jamás el hijo de un granjero al que el capitán de la guardia debía un favor. Maravilloso. Único. Sensacional.

Mal fario en su pueblo.

Esa noche iba a pasar algo grande. Así que mejor pasarla con el gaznate caliente.

Ya han pasado varias horas. El contenido de la botellas es pesimista y el vigía ya lleva rato cantando a las ubres de la señora Tell. El eco de sus obscenas canciones retumba entre las agujas grises, y ningún gato ha acudido a acompañarlas. Iba a pasar algo grande.

Toc toc toc

La trampilla se estremeció con los poderosos golpes de un brazo enérgico. El ebrio vigía se levanta tambaleándose y abre los pestillos de la placa de madera del suelo. Se levanta con fuerza y le da un golpe en las rodillas, y termina de perder el equilibrio. Un trueno familiar le martillea los oídos mientras una mano enérgica le salva de besar el suelo.

-Enhorabuena, la ciudadela entera ya conoce a todas las putas con las que has amanecido en tu vida. ¿Te tengo que relevar o el vino ya no te permite vigilar a las piedras?

-Bu... na... bubu... ueeen... asnoch...

-Se te va a caer la alabarda por las almenas y atravesará toda la calva del capitán Hack si te descuidas, borrachín...

-Nos... to... to... toborrasho.

Un enérgico gigante lo bajó a rastras a una sala en la base de la torre. Un cubo de agua fría espabiló a vigía, y al poco rato pudo hablar de nuevo correctamente. El grandullón volvió a liberar su voz de trueno, esta vez con un tono amigable, y hasta paternal:

-Lo de la putas era broma, eh. Si sé que en el fondo siempre le cantas al mismo par.

-A tu madre. Mira, no me andes con tonterías, me vuelvo arriba que tengo que... -un brazo de roble le cortó el paso, y unos ojos grises, como la roca, de una profundidad más antigua que los la misma ciudadela, le encadenaron a su sitio.

-Todavía la amas. -le decían aquellos ojos grises, más con una ordenanza que con una afirmación- Y cuanto antes aceptes lo que ocurrió, menos tiempo sufrirás. Te lo dice un amigo. -y las piedras grises se convirtieron en una cálida hoguera, grises aún, pero que invitaban a cantar junto al fuego canciones de hermandad.

-Ehh... -suspiro- me vuelvo arriba... No estoy para sermones.

La madera de la trampilla crujió a abrirse, y una luz nívea le cegó un instante. Un gato pardo aguardaba sobre una almena, junto a la hoja brillante de la alabarda, relevando al vigía por unos momentos.

Mal fario del gordo.

Y la saeta de fuego atravesó la cola mestiza entre carbón y cebada, después la cabeza del gato, y las llamas rojas rivalizaron el destello blanco de la luna y las estrellas. Una segunda flecha impactó contra la hoja plateada de la alabarda, y esta se precipitó al vacío por entre las almenas. No se oyó un alarido del capitán Hack. Eso era que la había esquivado, o que las saetas le acertaron antes.

Una lluvia de fuego iluminó el cielo, y el vigía sin alabarda volvió a refugiarse bajo la trampilla.

-¡Cagüen la puta! ¡Que nos atacan! -su gigantesco compañero ya empuñaba un hacha que no tenía nada que envidiar a las ventanas de su casa, y con una seña le indicó que agarrara la espada de la mesa.

Armados y pertrechados, salieron de la torre para unirse a la defensa de la ciudadela, pero el fuego decoraba las calles, las ciudadanos gritaban y corrían y unos pocos soldados intentaban apagar los fuegos que les cortaban el paso por las calles. Se unieron a la tropa que se dirigía a las murallas. Las agujas grises parecían ahora antorchas bajo la luz de la luna. Ya divisaban los portones, destrozados ya por un ariete, y una oleada de armaduras negras con destellos azules vaticinaban ya una noche de sangría.

Y qué grande.

No les dio tiempo a desenvainar las armas, cuando otra oleada de agujas de fuego cayó del cielo y les atravesó las gargantas.

El duro suelo. El sonido de la sangre borbotear. Mil ojos blancos guardando su descanso. El ciello en llamas por miles de puntos. La canción del viento, que imbuía la luna de más magia de la que podría ver jamás el hijo de un granjero.

Ese era su último cielo. Y no lo dudó. No dudó sobre a quién regalárselo.

Maullaron mil gatos pardos. Y una alabarda de plata, cuan verdugo blanco, le cercenó la garganta bajo la luz de la luna.



P.D.: Nunca me saldrá como a Martin. Sigo esperando para volver al Muro.