"Seré un genio, y el mundo me admirará. Quizá seré despreciado e incomprendido, pero seré un genio, un gran genio, porque estoy seguro de ello".
Salvador Dalí

lunes, 21 de octubre de 2013

Krížom Krážom

Antes de empezar, debo mostrar algunos de los posibles títulos que estuve barajando para bautizar esta entrada, para que podáis haceros una idea de lo complicado que ha sido para mí intentar ordenar todo lo que recogí durante mi viaje. Todos, a su vez, perfectamente válidos para expresar lo que quería contar con este capítulo de mi "diario a voces": Devil's'n'Goblin's, Los tres leones búlgaros, Un polaco llamado Kuba, Las cadenas de colores, El señor de las estatuas, El mar de Thanatos, Žijeme len raz, El nombre del viento, Grifos y peras, Las tierras del otoño, Historia de una ida y una vuelta, El infierno de las tortugas, Hombres de armas, La caza del Leprechaun, La caja húngara, Danzarín del agua, Ilustres viajeros, Madurando a marchas forzadas, El estadista de Bratislava... el que más cerca estuvo de alcanzar el título fue "La chelista de Belgrado".

“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad...

Es muy extraño sentarme aquí de nuevo. No extraño de desconocido o incómodo. Extraño de lejano, cambiado, familiar. ¿Recordáis esa sensación cuando, ya en la universidad, volvéis a pasar por delante de vuestro antiguo colegio, y la fachada os devuelve a la cabeza recuerdos de tiempos lejanos, y pensáis en pasar echar un vistazo, saludar, y os cruzáis con antiguos profesores y pasillos que ya no parecen tan largos, ventanas que ya no miran tan alto, aulas que os hacen pensar en mundos mágicos casi olvidados? ¿Recordáis cuando volvisteis a vuestro hogar como extraños? Pero aún os sentíais como en el hogar. Y entonces entras en el patio, y te sientes completamente en casa porque un niño te pasa una pelota y entonces, casi instintivamente, la lanzas a canasta.

Pero ahora eres más alto.

Empecemos por el principio. ¿Qué fue de mí durante estos últimos meses? Me vi arrastrado por las circunstancias (y una certera dosis de voluntad) a una aventura a más de dos mil kilómetros de casa. Una beca Erasmus, ni más ni menos que en Eslovaquia. Un país del que apenas sabía nada más que el nombre cuando lo puse en la solicitud para la beca (solo porque me gustaban los nombres de la ciudad y de la universidad). Ni mi familia ni amigos sabían mucho más que yo. Todos me preguntaban que porqué me iba tan lejos, a Checoslovakia o Eslovenia, nunca se aclaraban. Y yo contestaba que me quería ir hacia lo desconocido. Descubrir algo nuevo. Cuando me lo preguntaba a mí mismo, contestaba: a la oscuridad, al bosque tenebroso, a la boca del lobo, a la peregrinación, a la aventura, a la muerte.. y eso último solo significa, ni más ni menos que, al miedo.

"En una laguna perdida en el cielo, se encuentra una laguna azul, que solo conocen aquellos que tienen la dicha de estar en mi Clan"

Decidí viajar hacia mí mismo.

Y sus padres se alegraban por nosotros, y nos invitaron a una bebida muy especial que solo sacaban para familiares y amigos muy cercanos, y nos envidiaban por poder tener la oportunidad de ver mundo tan jóvenes. Y se alegraban de que estuviéramos allí. Y nevaba mucho.

Decidí llevar a cabo una travesía hacia lo desconocido, imposible de planificar demasiado. Una aventura en la que me viera forzado (forzado por mi propia y previa voluntad) a dejarme mecer como una hoja al viento. Una ruta azarosa por el desierto, en busca de algún dragón de San Jorge cuya búsqueda me confiriera valor, orgullo, historias y canciones. Sí, buscaba algo así como una canción.

Huí de mi hogar para perseguir el viento. O para madurar a marchas forzadas.

Y eran todas muy guapas y simpáticas, y querían pasar el rato con nosotros, y nos intentaron enseñar a pronunciar lo que estábamos bebiendo, y en realidad querían que les trajésemos viento y canciones de nuestros mares a sus montañas, pues allí, para todas aquellas sencillas gentes, éramos aventureros.

Sí, en realidad huí. Huí de la monotonía, huí de la desesperación y sinsentido de lo cotidiano. Huí de mi familia, mis amigos, mi novia, mi habitación, mi universidad, mi ciudad, mi país, mi cultura. Huí del amor y cariño que tenía en mi pequeña "zona de comfort".

Y cuando estuve a punto de renunciar a todas las estupideces sobre dragones y cuantos de hadas, aquellos de lo que huía, empezaron a derramar lágrimas por mí. Derramaron lágrimas porque me echarían de menos, porque temían por mí, porque se alegraban, porque me admiraban, sí, admiraban mi valor, porque admiraban mi fuerza de voluntad. Y me deseaban lo mejor para mi primera aventura.

Y entonces me sentí maldito, porque debía lanzarme al abismo de lo desconocido. Ahora tenía una deuda. Pues, aún no sé cómo, jamás lloré, y ni siquiera miré atrás después de despedirme en el aeropuerto. Tenia una deuda de lágrimas que devolvería más tarde.

Y el rakia, el vino y el queso bailaban por la mesa, y su padre reía, y sus amigos nos enseñaron a decir cosas sucias. Y seguimos riendo todos juntos, porque ya sabíamos que habíamos nacido bajo el mismo sol.

 Y vaya si devolví esas lágrimas. Pero eso llega más tarde.

Y tras atravesar el primer control del aeropuerto, me vi solo en un no-lugar, una brecha entre mundos, el hogar de los aventureros. Y llegué a Bratislava, y sobreviví yo solo durante dos días antes de moverme a Nitra, mi nuevo hogar durante los siguientes diez meses.

Y el tren se paró y se quedó a oscuras, y los serbios nos dijeron que no tuviéramos miedo... y les creímos, porque sus miradas eran cálidas, y dejamos de tener miedo. Porque eran nuestros hermanos.

Y el viaje a lo profundo de mí mismo comenzó. Encontraría al Señor de las Moscas, lo derrotaría y le obligaría a contarme donde encontrar el viento. Y volvería a mi hogar con fama, fortuna e historias. Y entonces me dediqué a explorar lo peor de mí mismo. Me entregué a mi nuevo Señor y me sumergí en las oscuras aguas de mi laguna, y me encontré con que no era sino un vasto mar, el mar de la muerte. Y entonces sobreviví a un infierno de varios meses luchando contra mis demonios.

Y aquel chico de Cádiz me presentó a su novio checo, y eran muy felices, y no recuerdo cuál era su nombre, pero de verdad que parecían felices, y les deseé suerte de corazón, y entonces separamos nuestros caminos.


Y pasé varios meses de aventura continua. No hubo día en que no tuviéramos un algún plan, alguien con quién navegar, no hubo semana en que no conociéramos ilustres viajeros, no hubo noche que durmiéramos todo lo que nuestros cuerpos deseaban. Pues durante mi búsqueda del viento, aprendí a vivir cada segundo. "Living the fast live" decía a veces. Y se convirtió en mi lema, y me hice un nombre, pues nadie sabía d donde sacaba la energía para vivir. Porque aquellos meses fueron los más felices y dichosos de mi vida. Pues éramos mil amigos, mil buscadores del sentido que intercambiaban canciones y cervezas cada día y cada noche, con mil banderas y blasones de mil colores, y cubrimos de arco iris las estaciones y los bares, las aulas y las calles.

Žijeme len raz, prave tu a  prave teraz


Y pasado un tiempo, dejaron de importarnos nuestros colores. Pues nos hicimos todos hermanos, hermanos de una hermandad sin colores, o al menos no colores que estos ojos puedan captar.

Y en la madrugada en la que partimos a Venecia, busqué a Orión, y el cielo me regaló dos estrellas fugaces, y entonces me di cuenta de que el camino mismo era mi hogar, y bailé la danza del fuego.

Porque llegó un momento en el que ya no recordaba donde estaba. Ya no recordaba Eslovaquia, y dejé de llamarla así para llamarla Slovensko, y aprendí a hablar inglés con aventureros de medio mundo, y aprendí un poco de la lengua de allí, y la gente reía y sonreía cuando intentaba hablar la lengua de sus antepasados, porque me acercaba a ellos, a sus arquetipos y canciones, y me aceptaron como a un hermano más, y seguimos bebiendo todos juntos como si no existiera el amanecer, pues no lo necesitábamos, estábamos juntos y no necesitábamos amanecer, no necesitábamos la luz, éramos libres bajo aquella oscuridad porque nos alejamos de nosotros mismos y nos transformamos, no, no, no nos transformamos, nos descubrimos, sí, nos encontramos a nosotros mismos, porque éramos todos uno, y esa luz que éramos todos juntos era nuestro lucero.

Y canté bajo la lluvia con la chelista de Belgrado, que apenas hablaba inglés, pero sí alemán, y la acompañé a casa, y no sé cómo recordé el camino de vuelta a mi hostal, y seguí cantando bajo la lluvia, porque aquella noche había bailado con el viento.

Y entonces olvidé quién era porque encontré otro yo. Un yo más adentro de mí, un yo colectivo. Un yo que no era español, español, español.

Pues ya no me sentía español. Después de un tiempo hablando en lenguas ajenas con gentes que habían sido criadas con distintos cuentos a los míos, perdí mi lengua y mi bandera, adopté la que no existe, la primigenia, la de mis hermanos del presente, mis hermanos de aquel sueño.

Y nos aventuramos en sitios peligrosos, y no nos pasó nunca nada, y ellos dijeron que fue la suerte... pero yo sabía que fue la piedra mágica que me dio un niño de cinco años antes de huir de casa.

Y entonces sentí que era eslovaco, checo, polaco, austriaco, francés, alemán, húngaro, canadiense, esloveno, italiano, rumano, búlgaro, irlandés, serbio, ruso, turco... Era todos esos y no era ninguno. No nos importaban lenguas o banderas, éramos todos uno, sin límites, el mundo se abría antes nosotros para que no cambiásemos, y sentíamos que teníamos un gran secreto que contar, pues podíamos volar sin alas, y el universo estaba en la palma de nuestra mano, y nunca dejamos de reír, pues nos sentíamos como en el hogar. Ya no teníamos miedo a lo desconocido. Lo desconocido murió al dar el primer paso solo en el aeropuerto.

Y aquella húngara era pequeñita y muy graciosa, y al escucharme hablar español me dijo "I like your language, it's like a song", y me habría enamorado de ella por tan tiernas palabras si no me hubiera enamorado ya de aquellas tierras de otoño.

Pues vimos mucho mundo y mucha gente. Compartimos mil tradiciones de tierras lejanas, bebimos mil brebajes y bebedizos, y fuimos a las mejores fiestas, y las organizamos, y nos acostábamos cada noche sin pensar en lo que haríamos al día siguiente, ni cómo ni con quién. Nuestro hogar era el no-hogar. El único verdadero. Cuando lo desconocido tejió nuestra bandera etérea.

No eches raíces en un sitio, muévete. 
Pues no eres un árbol, para eso tienes dos pies. 
El hombre más sabio es el que sabe que su hogar 
es tan grande como pueda imaginar

Y pisamos mil países, y desaparecíamos misteriosamente, reaparecíamos inesperadamente, y nuestros hermanos de armas nos llamaban aventureros, y nuestros hermanos de los Tatras utilizaron una expresión para denominar nuestras vidas... y una tarde cualquiera, en un lugar desconocido, con gente imprevista y conversaciones inesperadas, sin apenas pretenderlo... hallé el nombre del viento. Y desde entonces lo invoqué, y me enseñó el corazón de Slovensko. Y por ende, del resto de reinos de nuestro vasto mundo.

Y le enseñé a decir "hola", "tonto" y "tíovivo"... y ella me preguntó cómo decir "buenas noches".

Algo así como "dando tumbos", " de un lado para otro", así nos describían a nosotros y a nuestros viajes, y me dí cuenta de lo que significaba Krížom Krážom varios meses después de haber empezado a estudiar la lengua de los Tatras de aquel libro de nombre tan curioso incluso para los eslovacos. Pues uno de los nombres del viento estuvo casi desde el principio de mi aventura Erasmus justo encima de mi mesa. Y me estuvo esperando, y lo encontré cuando dejé de buscarlo, pues me dediqué a disfrutar cada instante, y entre esos sencillos y pequeños instantes se encontraba eso tan grande, esa armonía del caos, cuando hic al azar mi amigo, y me llamé a mí mismo L'udo, porque todo era un juego, jugaba a la vida, y el viento me obsequió con su poder.

Y solo quería hacerme le cena, y escuché ruidos en la cocina, y había una fiesta de halloween, y me preguntaron de dónde era, que qué hacía en su pequeño país, y me invitaron a comer y beber con ellos, como a un hermano más.

Todo era barato en aquellos países. Comíamos y bebíamos como ricos, pues éramos ricos, no siempre en dinero, pero sí en amigos y tiempo para aventuras. Fuimos dichosos porque viajamos por los alrededores, a veces muchos, a veces pocos, pero siempre conocíamos gente y hacíamos fotos, y conocimos muchas culturas y viajeros. Y aprendí mucho de mí mismo porque me vi reflejado en cada uno de los nuevos mundos visitados. No me sentía como al descubrir un lugar nuevo. Me sentía como recordando un antiguo hogar.

Y sus ojos se volvieron tristes al hablar de su hija, y tras el ex-jugador de poker finlandés solo se escuchaba al viento soplar sobre el mar negro.

Y cada día era una fiesta. Era una fiesta por la vida. Todos los días teníamos tiempo, e ideas y amigos con que llenar ese tiempo. Este último año fue la vida. Algunos nos decían que nada de aquello era real, que era todo un sueño, una burbuja que explotaría algún día, el día que cogiéramos el avión "a casa". Pero no les creíamos, porque en aquella vida "burbuja" todos éramos felices porque no estábamos limitados por las barreras ideológicas, políticas y prejuicios de nuestros "hogares". Esa burbuja era como queríamos que fuese el mundo. E íbamos a crear ese mundo nuevo y feliz. Vivíamos en el paraíso, y queríamos difundir las buenas nuevas por el mundo. 

Y no creía en la vida, y me pasé incontables noches intentando imbuirle mi optimismo, y cuando estallé en lágrimas en medio de nuestro bar de siempre, me abrazó y me juró que volveríamos a vernos, porque éramos amigos, y me recordó el optimismo que intenté imbuirle casi ocho meses antes. Y entonces lloré más fuerte todavía.

Pero a veces recordaba el mundo pasado. El mundo que había dejado atrás y que ya recordaba como un sueño muy lejano... ¿No había vivido desde siempre en el centro de Europa con todos mis amigos de los confines? ¿Había existido alguna vez algo distinto a toda aquella dicha? Pero todas estas preguntas tan molestas abandonaban mi mente cada vez que veía la luz del amanecer ir derramándose poco a poco sobre la falda del monte Zobor y reflejaba como fuego ámbar sobre el río. No, no había nada más "afuera". Porque "afuera" no existía. Habíamos visto el mundo, y el mundo era aquello que estábamos viendo y sintiendo en aquel momento. Solo vivíamos el presente. ¡Atención! Ahora y aquí, muchachos, ahora y aquí. ¡Atención! decía un pájaro de mi amigo Huxley. Y él era un hombre sabio, y yo difundía su sabiduría, y la seguía. Vivíamos el presente. No nos preocupábamos mucho del futuro próximo, apenas intentábamos recordar lo pasado, lo lejano, lo muerto. Y estábamos vivos. Así que vivíamos.

Y tenía los ojos más azules que jamás vi, y me escribió en la dedicatoria de la fiesta de despedida "There are a lot of things what I would like to tell you".

Y vivimos en la libertad absoluta. Sentimos que el mundo estaba a nuestros pies. Y viajamos mucho, casa cada semana descubríamos algún lugar nuevo de este vasto mundo. Pues así veíamos la vida, nuestros pies puestos en la tierra para recorrerla. Y vivimos incontables aventuras en tierras lejanas y con ilustres personajes que compartieron nuestro camino más o menos tiempo. Pero todo, absolutamente todos y todos quedaron en nuestros corazones. Como recuerdos que no se olvidan, pues ya no eran competencia de nuestro cerebro. Era nuestro ser el que custodiaba todo. Pues en cada viajes que hacíamos, no conquistábamos solamente nuevas tierras... nos conquistábamos a nosotros mismos. Pues éramos nosotros mismos el terreno que explorábamos. Y cada sonrisa en el camino nos cambió por dentro. Y cuando volvíamos a reunirnos con nuestros hermanos en "el bar de siempre", nos miraban a los ojos y juraban que teníamos un brillo distinto. Y al amanecer, antes de acostarnos para descansar tras viajes y celebraciones, nos mirábamos al espejo, y lo confirmábamos. Cada vez veíamos menos "comarca" en aquel brillo. Teníamos una mirada antigua.

Y lo que pedí a San Nicolás en alguna pequeña iglesia ortodoxa en Bulgaria lo escribí en un papel antes de que mi amigo lo metiera junto a otros deseos en la urna. "Encontrarme".

Pero los meses fueron pasando. Poco a poco comenzamos a despertar. A recordar que existía un final. Y l vimos venir una vez, antes de la navidades, cuando algunos de nuestros hermanos tuvieron que partir a casa, muchos para siempre. Y nos consolábamos, porque aún quedaban muchos meses más que nos tuviéramos que ir nosotros. Aún quedaba mucho para nuestro final. Aún quedaba mucho para la muerte de aquel mundo. Vivíamos el presente.

Y aún hay noches en las que sueño con cisnes de arena y nieve, y todavía me condenan por no haber mojado los pies en el frío mar báltico.


T'api t'api t'apušky, išli mačky na hrušky

Y durante su última noche, nos enseñaron todas las cosas malas que hicieron desde que llegaron... ...y no los juzgamos, porque habíamos visto muchas cosas, y los abrazamos y brindamos juntos, y casi olvidamos que se iban.

Pero llegó el segundo semestre. Y con él llegaron nuevos hermanos, y no eran como los anteriores que partieron, pero los acepté, y no me decepcionaron, pues me enseñaron cosas distintas. Y eso significaron nuevas aventuras.

Y es que la risa irlandesa es la más sincera, cantarina y bonachona de cuantas haya escuchado, y solo rivalizan con ella la sonrisa búlgara, las flores de Moscú, los montes transilvanos o el Danubio bajo el sol.

Y vivimos nuevos peregrinajes alrededor de nuestra joya en el corazón de Europa. Y el tiempo siguió pasando, cada vez más angustioso.

Y es cierto que estábamos borrachos, pero nos propusieron cabalgar a Budapest al día siguiente...  ...y nos fuimos con ellos porque buscábamos aventuras más emocionantes que morir un poco más en nuestras cómodas camas.


Y celebramos una despedida cada semana para algún nuevo hermano caído, otro que partía a las tierras del antes.

Y aquel polaco loco desapareció de nuestras montañas sin avisar ni decir adiós... y tal vez no hizo falta, porque algo nos decía que nos volveríamos a ver frente a algún fuego, pues ya sabía que él era otro buscador.


Y nos quedamos solos. Mi primer hermano y yo. Los primeros en llegar, los últimos en partir. Y nos despedimos de Nitra, nuestro hogar. Nos despedimos con el corazón encogido de aquella tierra más allá de las fronteras, las banderas y las lenguas.

Y había una canción, y sonaba varias veces cada noche... ...y decía "Solo vivimos una vez, el verdadero aquí, el verdadero ahora", mientras saltábamos con nuestros hermanos de más allá del mar.

Pero nos fuimos. Todos se fueron. Todos mis hermanos murieron. Pues ya no están conmigo. Aquel amanecer, el del 28 de junio de 2013, morí. Pues no se puede vivir sin corazón, y lo dejé allí y allá, mil fragmentos en mil rincones del vasto mundo, y el pedazo más grande se quedó en aquel castillo que vigilaba las tierras del otoño. Y llegó el invierno.

Y soñé con tres nueves quebrados. 18 el día en que cedí ante mis demonios. 63, el número del portal, perdido entre la oscuridad. 45, los meses que no alcanzaríamos. Pero acepté el mal como parte del plan. Y me perdoné. Pues hace ya mucho que dejé de creer en las casualidades. Y cuando me encontré con esos números, supe que estaba empezando a volverme loco

Y la aventura terminó. Y al final ya no nos quedaban lágrimas que derramar. Nuestros corazones estaban secos.

Y si tuviera que plasmar todo lo que aprendí este año, sería así:

Quemad las banderas. Quemadlas todas, y los pasaportes también. Y coseos los labios para matar las lenguas del mundo, y comunicaos solo con miradas. Y entonces, y solo entonces, volveréis a ser todos hermanos.

¿Recordáis cuando crecisteis demasiado como para volver a entrar en vuestro agujero hobbit?

Y jamás olvidaré mi último día en Nitra, cuando después de amanecer con ella me llevó al interior del castillo, y me despedí de mi amigo Corgoň y presenté mis respetos al príncipe Pribina, y esperamos al atardecer desde Kalvaria, e hice la foto más bonita de toda la ciudad bajo el Zobor, y la hierba era dorada, y el viento era frío, y ella conocía los nombres de las flores, y yo huía de algún insecto zumbón, y mientras se encendían poco a poco las luces de la ciudad, los dos lloramos.

Y entonces saldé mi deuda.


Ya sé pronunciar tu nombre, amigo Švejk. Na zdraví. O na zdravie, de tu hermano eslovaco L'udovit.

Y dicen que volver es la mejor parte de la aventura... pues no queda sino contar historias.


Y bebimos y lloramos y reímos y cantamos juntos durante meses... 


 ...pero todos se fueron


Pues es el fin del camino... Y ya no sé adónde ir. Pues aprendí que el hogar de la tortuga está dónde ella quiera ir.


Som muž s čiernym klobukom...

...pero mi sombrero se lo ha llevado el viento.




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